En 1957 vio la luz la obra del dramaturgo y escritor franco-rumano Eugène Ionesco El rinoceronte. Dos años más tarde se convertiría en representación teatral bajo el mismo título.
La obra trata de cómo en una ciudad, de repente, comienzan a aparecer rinocerontes. Al principio la gente se asusta, pero cada vez aparecen más y, poco a poco, las personas que allí viven se van acostumbrando. Al cabo de un tiempo, los protagonistas del relato descubren que los rinocerontes son sus propios conciudadanos, que son ellos los que se están convirtiendo en esos animales y, lo que es peor, están encantados de serlo. Finalmente, sólo los dos protagonistas se resisten a convertirse en rinocerontes, y luchan por seguir siendo lo que realmente son: humanos.
Es una obra corta, pero con un vasto y capital contenido: cómo el ser humano debe luchar por discernir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, la verdad y la mentira, a pesar del intento, por todos los medios (de comunicación, sobre todo), para convertirlo en un autómata que adopte como suyos los postulados que otros quieren imponer.
La socialdemocracia, parapetada tras el estado del bienestar, es el rinoceronte en el que los gobernantes políticos de Castilla-La Mancha y de España llevan años convirtiendo a la población. Un estado del bienestar basado en que el «Estado» es el garante de todos los servicios esenciales (y no esenciales) a cambio de una alta recaudación de impuestos a los ciudadanos.
Tal y como pasa en la obra de Ionesco, la población castellano-manchega, primero, se ha acostumbrado a ello, para, después, estar convencida de que, si el «Estado-Gobierno» no existiera, no existirían esos servicios como sanidad, por ejemplo. Y lo han hecho aun constatando diariamente que esos servicios no funcionan como debieran.
Se ha acostumbrado (la población) a que haya largas listas de espera para operaciones, a que las urgencias estén colapsadas, a que hospitales tarden años en abrirse, etc.
Pero, al igual que en la obra, también hay un grupo de protagonistas que siempre se ha negado a aceptar esos postulados, que cree que el estado del bienestar, tal y como está planteado, es realmente el bienestar del «Estado-Gobierno» y de los políticos que lo conforman.
Algunos hemos criticado el modelo por ineficaz, ineficiente y ruinoso. Hemos dicho que era obligación del gobernante utilizar los recursos con rigor y, sobre todo, priorizando lo verdaderamente importante. Pues, si eso lo decíamos en condiciones normales, ahora vemos cómo el hecho de habernos enfrentado a la actual pandemia nos ha dado rotundamente la razón.
La sanidad de Castilla-La Mancha se ha visto sobrepasada, desnortada y con absoluta falta de medios. Hemos visto cómo tantos impuestos de los castellano-manchegos no servían para lo verdaderamente importante (algunos tendrán que explicar a la población a dónde van).
Lo mismo se puede decir de la educación, en donde la plataforma de la Junta se vio también colapsada al día siguiente de comenzar el confinamiento. O de la dependencia, en la que tantos ancianos y trabajadores han quedado desasistidos y sin medios de protección.
Definitivamente, como en la obra de Ionesco, la salvación y la esperanza ha sido el ser humano. Ese conjunto de profesionales sanitarios, maestros, profesores, empresarios, etc., que han dejado al rinoceronte socialdemócrata desprovisto de su pomposo envoltorio, lo han dejado desnudo.





