Como todos sabemos, aunque algunos incomode, la Constitución española de 1978 es la norma suprema del ordenamiento jurídico español, a la que están sujetos todos los poderes públicos y ciudadanos.
Desde su entrada en vigor el 29 de Diciembre de 1978 ha sido el símbolo de nuestra “transición” pacífica, y en todo el mundo no dejan de ponernos como ejemplo modélico e impecable, a pesar de los mismos a los que les incomoda. Miopes en su visión no perciben el marco de los valores que propugna a favor de la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, así como el empoderamiento ciudadano, titular de la soberanía de la que emanan los poderes del estado, razón por la cual la monarquía española es una monarquía constitucional, les guste o no a los mismos.
Aún hoy, transcurridos 42 años desde su aprobación, sigue poniendo de manifiesto las bondades y los efectos positivos del mejor legado que nos hicieron nuestros padres y abuelos.
Su efectiva vigencia, nos corresponde ahora garantizarla a nosotros. Esa es nuestra responsabilidad.
La Constitución de 1978 es mucho más que un acuerdo de mínimos o un consenso circunstancial con el límite de las posibilidades de su contexto. Es una proyección a futuro del pacto por la concordia y un acto de coraje y renuncia a lo accesorio para proteger lo fundamental, “la convivencia”, entonces, ahora y mañana.
La Constitución fue el resultado pero sobre todo el comienzo, el punto de arranque a partir del cual reformular el Estado y fundar una democracia. La generación constituyente abandonó presupuestos de máximos para facilitar el gobierno de las generaciones que han configurado durante cuatro décadas el poder constituido.
La monarquía parlamentaria es uno de los instrumentos jurídico-políticos más sabios que existen porque combina la estabilidad con el límite de poder perfectamente, mantiene neutralidad política, aporta estabilidad, permanencia, y es símbolo de la tradición histórica española, dejando a un lado ideologías y cortoplacismo, en definitiva sentido de estado.
El orden constitucional está en jaque ante la traición permanente de unos, el silencio de otros y la complicidad de un Gobierno dedicado al “juego de tronos” mientras España se arruina y se enferma.
Últimamente, estamos asistiendo a los intentos de socavar los pilares en los que se sustenta la democracia española desde el 78, lo que queda demostrado una y otra vez, por los ataques a la monarquía, a la judicatura, la quema de la bandera e imágenes del Rey.
El respeto y dignificación de nuestros símbolos, bandera, escudo e himno, constituye la esencia de nuestra identidad. Protejámoslos. Defendamos la Constitución, nuestra herencia.





